Artículo de Opinión de Julio César Nieto, presidente de ACIE.
Publicado en la revista de Energía de El Economista el 29 de mayo de 2025.

Dejando de lado por un momento la situación excepcional de corte de suministro eléctrico a nivel nacional, ocurrida el día 28 de abril, en las últimas semanas, titulares como “la luz es gratis” o “te pagan por consumir electricidad” han captado la atención pública. Sin embargo, más allá del impacto mediático, estas afirmaciones requieren una contextualización rigurosa para no generar una percepción equivocada de cómo se forma el precio de la electricidad que llega al consumidor.

Para empezar, conviene aclarar que esos valores cero o negativos hacen referencia únicamente al precio del megavatio hora (MWh) en el mercado mayorista. Este mercado, también conocido como pool, fija cada día el precio al que se casan la oferta y la demanda de electricidad para cada hora del día siguiente. Se trata de un componente importante, pero no único, en la estructura de costes de la factura eléctrica.

La forma en la que este precio impacta en los consumidores depende directamente del tipo de contrato que tengan. Aquellos con contratos a precio fijo no notarán ninguna variación en su factura asociada a estos descensos del mercado. Lo mismo ocurre en sentido contrario: si el precio mayorista sube de forma abrupta, tampoco sufrirán un encarecimiento. Sin embargo, los consumidores con tarifas indexadas al mercado –como sucede, por ejemplo, con la tarifa regulada (PVPC)– sí verán reflejadas en su recibo las oscilaciones del pool, tanto en sus momentos más bajos como en los más altos.

Dicho esto, resulta incorrecto afirmar que el precio de la electricidad ha sido cero o incluso negativo para el consumidor final. Aunque el mercado mayorista haya llegado a marcar precios negativos —con registros de hasta -15 EUR/MWh los días 11 y 18 de mayo—, la factura eléctrica incorpora otros componentes que impiden que el coste total se acerque a cero.

Sin considerar los costes regulados (peajes y cargos) e impuestos, uno de los elementos clave son los denominados servicios de ajuste del sistema, imprescindibles para garantizar la seguridad del suministro eléctrico en tiempo real.

Estos servicios incluyen mecanismos como las restricciones técnicas, o la regulación secundaria, entre otros, que permiten mantener el equilibrio constante entre generación y consumo. Estos servicios son más necesarios cuando el precio del pool es muy bajo, y su coste, lejos de desaparecer en estas circunstancias, tiende a aumentar. Paradójicamente, cuando el pool marca precios muy bajos, el coste de estos servicios tiende a incrementarse. Esto se debe a que en momentos de alta penetración de energías renovables —principalmente solar y eólica— estas tecnologías con costes de producción muy bajos, desplazan del mercado a otras tecnologías que tienen un coste de combustible que deben recuperar a través de la remuneración recibida del pool, como las plantas térmicas, que resultan necesarias para ofrecer flexibilidad y respaldo al sistema. Estas instalaciones, que participan en el pool, como exige la regulación actual, no resultan despachadas, pero, son requeridas en los servicios de ajuste para garantizar el suministro.

Así, la suma del precio del pool y el coste de los servicios de ajuste nunca ha resultado negativo. De hecho, aunque en algunas horas se haya llegado a pagar precios negativos por la energía en el mercado diario, el coste total para el sistema —y por tanto para el consumidor— siempre ha estado por encima de cero. Por ello, el titular de “la luz es gratis” suena atractivo, pero no responde a la realidad técnica y económica del sistema eléctrico.

Este fenómeno pone de manifiesto un reto que lleva tiempo preocupando a los comercializadores de electricidad: la creciente relevancia y volatilidad de los costes asociados a los servicios de ajuste. Su coste resulta difícil de estimar, lo que complica la tarea de los comercializadores a la hora de diseñar ofertas, especialmente las de precio fijo.

Por este motivo, desde ACIE se han venido trasladando posibles soluciones para que dicho coste pueda ser repercutido en la factura eléctrica de manera directa, de modo que el consumidor pague el coste real de los servicios de ajuste, así como la necesidad de finalizar el desarrollo de otros mercados, como el mercado de control de tensión, o los mercados de capacidad.

Una de las propuestas sobre la mesa es integrar el coste de los servicios de ajuste en los peajes regulados. Para ello se podría realizar una estimación anual de su valor y ajustar posibles desviaciones al cierre del ejercicio siguiente, garantizando así una mayor estabilidad de precio para los consumidores y una distribución más equilibrada del riesgo. Aunque no sería una solución perfecta, podría minimizar que los comercializadores trasladen primas de riesgo a sus clientes, especialmente en contratos de precio fijo, contribuyendo a mejorar la competitividad del mercado.

A medida que avanza la transición energética, con una mayor penetración de energías renovables, es razonable esperar que episodios de precios bajos o negativos en el mercado mayorista sean cada vez más frecuentes, especialmente en primavera y otoño, cuando la generación renovable es elevada y la demanda moderada. Pero también será más necesario que nunca entender que el sistema eléctrico es mucho más complejo que un simple valor puntual en el mercado. Detrás de cada factura hay múltiples capas de costes, responsabilidades y equilibrios que permiten garantizar un suministro continuo, seguro y cada vez más sostenible.

En este contexto, conviene evitar simplificaciones que puedan generar falsas expectativas o desinformación entre los consumidores. La electricidad no es —ni será en el corto o medio plazo— gratuita, aunque algunas de sus piezas parezcan indicar lo contrario en ciertos momentos. La buena noticia es que, si el sistema se adapta de forma adecuada, podemos seguir avanzando hacia una energía más barata, más limpia y más justa para todos.